Volver a sentir

Dicen que del amor al odio hay solo un paso, pero de ahí a la indiferencia el camino es mucho más largo y fatigoso. Y es que, ese primer paso no es más que una declaración de intenciones. Ese primer paso que das cuando por fin te sientes capaz de reconocer que tienes un problema y decides tomar cartas en el asunto para acabar con aquello que te hace daño. Es un primer paso muy importante sí, pero solo eso: un primer paso en un largo camino por andar. Un paseo hacia la superación por el intrincado camino de la vida.

Y aunque no es nada fácil decidirse a emprender el viaje y avanzar, el destino merece la pena. Porque aunque él sigue ahí, el hombre del que yo me enamoré ya no existe o quizás nunca ha existido más allá de mi imaginación. No es fácil llegar a esa conclusión, pero cuando te das cuenta de esa gran verdad, por fin puedes decir que has superado la frustración. Esa frustración que te lleva del amor al odio y de ahí, a la indiferencia.

En ese momento te descubres al mundo. Te das cuenta de que eres capaz de volver a sentir e irremediablemente, sus ojos vuelven a tu mente. Esos ojos que, en un burdo intento de protección, un día enterraste en el último cajón de tu consciencia a la espera de ese momento mejor.

Y en medio de esta tormenta de emociones… En medio de esta tormenta de emocines por fin entiendo que quisiera volver a escribir, pero no puedo. No voy a hablar de musas de la inspiración porque eso es cosa de artistas y yo solo escribo para olvidar. Para olvidar lo que duele y liberar corazón y mente de malos pensamientos.

Lo intento, pero no siempre es fácil. El dolor bloquea nuestras funciones más básicas y eso son para mí las palabras. “Quizás sea la frialdad del ordenador”, pienso, y decido volver a los orígenes.

Cojo papel y boli con la esperanza de que el romanticismo de lo auténtico me ayude a liberar tensiones, pero no lo consigo. El miedo a la hoja en blanco me supera. Garabateo frases inconexas con la esperanza de que la inspiración me encuentre trabajando, pero ni siquiera así lo consigo. Hasta hoy que, boli en mano y con una libreta repleta de tachones, notas mentales, proyectos e ilusiones perdidas delante, he encontrado el modo de soltarlo todo.

Recupero un fragmento de uno de mis muchos intentos fallidos y aunque han pasado muchas cosas desde aquel repentino ataque de liberación, descubro que sigo sintiendo lo mismo. En mi mente no cambio nada. Sobre el papel, tampoco.

De repente siento la necesidad de gritar. Las palabras fluyen sin ningún sentido. Demasiadas cosas que decir y mucho miedo de empezar a escribir y resucitar los sentimientos por ese hombre que tanto me ha costado olvidar.

Corro a la ducha y me pierdo entre mis pensamientos mientras mis lágrimas se confunden con el agua. Siento su cuerpo sobre el mío, sus ojos clavados en los míos y el calor de su voz susurrándome al oído. Un regalo para los sentidos. Puro vicio. Mi debilidad.

Volver a sentir de Beatriz García CazorlaY entonces vuelvo en mí y a esos ojos. Esos preciosos ojos azules que lo dicen todo sin palabras. Demasiado bonitos para ser verdad. O al menos eso es lo que pienso cuando no puedo evitar preguntarme si de verdad existen o no son más que el fruto de mi desconcertada imaginación.

Pero hay un referente. Un referente lejano que cobra vida en mis pensamientos. Y de repente lo siento. No lo puedo ver, no lo puedo tocar, pero lo siento. Siento cómo me mira. Lo siento acercarse y mi cuerpo se estremece ante el inminente roce de su piel. La mente es poderosa y el deseo puede manifestarse de una forma demasiado real para mi torturado corazón. Entonces lo sé: le deseo hoy más que ayer, pero siempre menos que mañana. Y él está lejos, muy lejos. Mucho más lejos que ayer, pero siempre menos que mañana.

Trato de olvidarlo e intento dejar de llorar la pérdida, pero en ese instante me doy cuenta de que no se puede perder lo que nunca se ha tenido y el dolor se intensifica.

NOTA: cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
Foto Teo Pérez para Snailbag
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